En los últimos tiempos, el concepto de resiliencia se ha aplicado a una variedad de contextos y, a su vez, ha adquirido un significado técnico específico vinculado al desarrollo sostenible. Asimismo, se ha constatado que la innovación social y la capacidad de resiliencia están intrínsecamente relacionadas, a la luz de lo que, por ejemplo, se argumentaba en un suplemento de la revista Stanford Social Innovation Review, realizado por Francis Westley, director del Waterloo Institute for Social Innovation and Resilience (Canadá).
Si bien es cierto que el concepto de resiliencia ha sido abordado desde muchos puntos de vista, nos parece interesante descacar aquí la siguiente definición realizada por la Stockholm Resilience Centre: “la resiliencia es la capacidad de un sistema, ya sea una persona, un bosque, una ciudad o una economía, para hacer frente a los cambios y seguir desarrollándose”. En este sentido, “se trata de la capacidad de usar los choques y disturbios para impulsar la renovación y el pensamiento innovador”, desde el aprendizaje y la diversidad.
Pero, ¿qué puede aportar la teoría de la resiliencia a la innovación social? Entre muchos otros aspectos relevantes, este enfoque identifica tres lecciones específicas en cuanto a esta relación intrínseca entre ambos conceptos. La primera es la importancia de mirar un problema de forma sistémica, en lugar de innovar para resolver un problema específico sin haber tenido en consideración otros impactos más amplios. La segunda lección es la necesidad de equilibrar los enfoques top-down y botton-up (arriba-abajo, abajo-arriba) y, particularmente, de reconocer la importancia del trabajo colaborativo (sobre todo, de la población local). Finalmente, la tercera hace referencia al hecho de que el conocimiento local (local knowledge) y la política de su gobierno (government policy) tienen que contribuir a crear oportunidades para que la innovación se produzca.
En un contexto fluido como el actual, los poderes públicos deben afrontar colaborativamente el impacto de una crisis sistémica que cuestiona determinados modelos de crecimiento anteriores. Y es aquí donde, sin duda, adquiere especial importancia la capacidad resiliente para articular y poner en práctica estrategias de innovación social compartidas que aporten soluciones inteligentes, inclusivas y comprometidas.